El problema de fingir el orgasmo

 

Que las mujeres fingen orgasmos no es ninguna novedad. Que seamos juzgadas por eso, tampoco. Los motivos son varios y diversos en cada situación. Una mujer puede fingir para satisfacer la hombría de su compañero, para acelerar el coito y sacárselo de encima, para ocultar una dificultad orgásmica, para disfrazar un enojo o cualquier otra emoción. Por el motivo que fuere, lo que se repite es el enmascaramiento.

Durante una relación heterosexual, por lo general, la mujer sabe en qué punto se encuentra el hombre porque cuenta con su erección como guía. Es decir, que fisiológicamente el hombre al estar expuesto es más fácil de interpretar. La mujer, en cambio, presenta una respuesta fisiológica críptica e interna.

Lo que quiero decir con esto es que, desde un plano físico, lo que siente la mujer se encuentra más oculto. Por lo que el camino para contrarestar esa diferencia, el camino que tiene la mujer como guia, es en gran medida la comunicación:  el poder expresar lo que siente, pedir lo que le gusta, decir lo que no le agrada.

Dificultades en este camino también hay muchas, como la vergüenza, la dificultad de expresión, el desconocimiento del propio cuerpo y de los sentimientos, etc. Aparece entonces la posibilidad de fingir para salir del aprieto, para sortear esa situación de tensión interna. Muchas mujeres encuentran menos ansiógeno el suprimir sus propias necesidades y deseos sexuales, el simular que están exctitadas, el permitir silenciosa y pasivamente que el varón retenga en exclusiva el control del sexo, antes de enfrentar la situación y poner en palabras lo que sienten y lo que necesitan.

Entonces la solución utilizada perpetúa el problema. Obturamos el camino de la exploración y la posibilidad de alcanzar el placer. Al fingir el orgasmo, le enseñamos a nuestro compañero que eso (que no nos gusta o nos gusta pero necesitamos más) nos satisface, dandole el visto bueno para que siga haciendo lo mismo, alejandonos cada vez más de la vía que puede llevarnos a encontrar una respuesta a lo que sucede. Los síntomas nos hablan y debemos escucharlos porque son una puerta para salir del malestar. Fingir, ocular, enmascarar, nos quita esa posibilidad.

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